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Llorando juntos, trabajando juntos

 Isabel, una compañera pediatra de Euskal Herría, escribe ésto sobre el llanto: https://www.berria.eus/paperekoa/2084/025/002/2020-12-01/negarra.htm

Como está en euskera, y asumo que, como yo, la mayoría no habláis esa hermosa lengua, os lo traduzco. Le he pedido permiso porque conforme lo leía, me sentía reflejada en cada palabra. Después de todo lo que hemos pasado este año, es tiempo de llorarlo juntos, de abrazarnos con las personas más cercanas, de dejar salir las emociones. Porque todos y todas hemos sufrido en ésta pandemia, en ésta sindemia (https://www.redaccionmedica.com/secciones/sanidad-hoy/sindemia-coronavirus-pandemia-significado–8888). Porque hace falta otro enfoque, más allá de lo puramente biológico. En la sindemia hemos perdido mucho, y no hablo de economía, hablo de vidas, hablo de abrazos, contacto físico, hablo de disfrutar de respirar el aire libre… Necesitamos como sociedad llorar todas esas pérdidas, y organizarnos para que las personas más vulnerables, las criaturas, las personas mayores, no vuelvan a ser las víctimas de esta situación. Necesitamos que nuestros políticos dejen de tirarse trastos a la cabeza y se pongan a trabajar en un plan inclusivo, que escuche las voces de todas las personas, por supuesto científicos, pero también de la trabajadora del supermercado, de los niños y niñas, del albañil, de la socióloga, de la enfermera que está a pie de cama, y de la limpiadora que limpia las habitaciones de los muertos, que realmente todos y todas podamos participar a la hora de encontrar soluciones. 

Espero que el texto de Isabel os guste tanto como a mí (las negritas son mías):

LLORAR

“ No llores” me rogó. Al principio no entendía que lo único que yo necesitaba

era que me abrazara.

Ahora ya lo sabe. Yo también estoy empezando a descifrar su lenguaje.

Venimos de mundos emocionales muy diferentes y estamos aprendiendo juntos.

¿ Cuántas veces hemos oído “ no llores”? Dirigiéndonos a los niños, a los hombres

ni que decir tiene.

Pero también a las mujeres. ¿ Cuántas veces nos hemos sorprendido a nosotras

mismas diciendo aquello de“ perdón, son las hormonas”, como para justificarnos?

¿ Cómo hemos llegado a necesitar justificarnos? ¿ Dónde está escrito que haya que

reprimir el llanto de l@s niñ@s? ¿ O que para hacer frente a una crisis haya que

infantilizar a l@s adult@s ( si son mujeres es más fácil)?.

Las hormonas,las benditas y maravillosas hormonas…y la cultura,

la educación recibida , y los modelos interiorizados…y esta dura realidad.

“ ¿ Por qué no podemos ir, aita, al parque? y ¿puedo pisar la hierba si no toco nada? “ .

” No nos pudimos despedir de ella, ni tan siquiera pudimos cogerle de la mano,

darle el último beso”.

”Tenemos prohibido salir a pasear y nuestros familiares no pueden venir a visitarnos…

De aquí solo saldremos con los pies por delante”.

” No me aisles, por favor, porque no lo voy a poder cumplir, me echarán del trabajo”.

O “ Al niño lo cuidarán sus abuel@s,¿ quién si no? Claro que son

vulnerables, pero ¿ me dices cómo se hace…cómo se hace cuando tienes

un niño pequeño y ningún permiso para el cuidado?…

“ Exageras, nosotr@ s vivimos en un país de funcionarios”,

” No podemos poner sustitutos porque no hay ni enfermeras ni médicas

para contratar. Tendréis que sacar el trabajo adelante con los medios que tenéis.

Es vuestra responsabilidad”.


Eso y más le he ido contando, durante todos estos meses, al llegar a casa.

Todo ello ocurría en nuestro trabajo.

Y se lo contaba, a veces llorando y otras muchas profundamente enfadada.

Porque no podíamos más. Porque era demasiado duro. Porque nos dolía el pecho.

Y yo no paraba de preguntarle:” ¿ Cómo lo han conseguido?

¿ Cómo han conseguido cargar  con toda la responsabilidad a los individuos?

¿ Cómo han conseguido que en una crisis que depende principalmente

de cambios estructurales para su resolución, se señale a niños, jóvenes…y

la sufran de una manera más aguda, los más vulnerables, los “ empobrecidos”?

Hay médicas y enfermeras, pero se fueron.

Se han ido yendo durante estos 10-15 últimos años, principalmente.

Los datos están ahí Leed a Juan Simó. Lo sabían. Lo sabían y no hicieron nada.

La Atención Primaria está a punto de morir. Se fueron a lugares donde les trataban dignamente,

donde las condiciones laborales permitían trabajar sin poner en riesgo

su seguridad ni la de los pacientes.

Pero pueden volver.

Hay una oportunidad: Invertir en Servicios Públicos.

L@s niñ@s no han sido nunca hipercontagiadores en esta pandemia,

según señala la evidencia científica publicada. Les podemos pedir perdón.

Los mayores pueden y deben decidir sobre sus vidas. Y a nosotr@ nos toca

escucharlos y respetar sus decisiones.

Tod@s no tenemos balcón ni en todas las casas hay ventanas.

Es duro aceptar que hay condiciones de vida,

lejanas a las nuestras que nos cuesta ver, nuestra visión burguesa  lo impide,

y ni nos damos cuenta.

Y el cuidado, el cuidado no solo hay que reconocerlo y prestigiarlo.

El cuidado hay que pagarlo, hay que regularlo por ley.

No se puede obligar a cuidar, pero sin el cuidado no hay vida.

Son muy dispares a veces las realidades que conforman nuestra sociedad.

Por eso necesitamos todos los puntos de vida.

Las personas que van a sufrir las consecuencias de los protocolos

escritos en esta pandemia deben estar en la redacción de los mismos.

La «expertocracia» no se puede permitir dejarlos fuera.

Como dicen J. Gèrvas y Mercedes Pèrez- Fernández, ”las personas que sufren

las consecuencias son los mayores expertos en su vida”.

Chomsky afirma que para salir adelante como especie hay dos grandes retos;

el cambio climático y la regeneración de la democracia.

Solamente tomando parte en las decisiones que afectan a nuestras vidas

será posible.

“ Hay que superar la lógica capitalista”. También en la sindemia.

Para superar la sindemia.

Y el resto de crisis que vendrán después.

No se trata solo del virus. Sobre todo es la sociedad.

Durante todos estos meses nuestras “ tripas” nos hablaban.

No sabíamos qué era y lo estamos aclarando mientras pensamos en alto. Junt@s.

   Y así finalizaba en muchas ocasiones nuestro día: “ Abrázame, nada más” le decía.

Y ahora es él quien empieza a pedir lo mismo:” ¿ Me cuidarás? No necesito nada más.

Saber que estás ahí”.

Y ahí andamos, aprendiendo juntos, a veces riendo, otras llorando.

Hay veces que después de un profundo llanto, amanece una sonrisa que no tiene nombre.


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