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Relato de parto… diferente

Conozco a Javier por mail, por lo que cuenta en el Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, como compañero en la preciosa formación en Psicología Perinatal que coordinan Ibone Olza e Isabel Fernández del Castillo. Quiero compartir con vosotros su relato de parto. Porque es NECESARIO que los hombres hablen, escuchen, revivan y sanen los partos de sus parejas. Porque es NECESARIO que nosotras, sus parejas, les escuchemos a ellos, acojamos su experiencia, que puede ser bien distinta de la nuestra… Espero que este relato os remueva y os conmueva tanto como a mí…

A qué esperamos los hombres para hablar de los partos de nuestras parejas

Contracciones. Dolores. Cada vez más. ¿Cómo se acompaña esto?

 Decido ser fuerte y eso en un mundo de varones significa anestesiarse, 

disociarse, es decir, no sentir emociones

Me ofrecen algo que hacer: me explican que aplicando fuerza

 con mi antebrazo en el fondo del útero ayudo a sacar a mi hijo. 

Era la maniobra de Kristeller. 

Sus riesgos para la salud del bebé y la madre son enormes

Con el relato del parto libero dolor. 

Lo he visto tantas veces en los testimonios de las mujeres,

 de las madres que llevan mucho visibilizando sus heridas

 que no sé a qué esperamos los hombres para hacer lo mismo. ¿Miedo a sentir?

Javier de Domingo

Javier de Domingo con su hijo Daniel en brazos.
Javier de Domingo con su hijo Daniel en brazos.

Ahora, empuja… venga, con fuerza, dale, que el niño no quiere salir
Así fue como hace ocho años, en 2009, un sábado 19 de diciembre, 
yo puse en peligro la salud de quienes más amaba en el mundo; 
por ignorante, por negligente y por obediente.
 Mansamente seguí instrucciones sin haberme informado de los riesgos 
de lo que estaba ocurriendo. Empujé con fuerza el vientre de mi pareja,
 Esther, la madre de Daniel, el bebé que estaba a punto de nacer, 
nuestro primero de varios y con quién aprendimos a mirar 
lo que no nos enseñaron a ver. Ni a ella ni a mí. 
Qué brutos éramos y qué listos nos creíamos.

Todo empezó 24 horas antes, en un cine. Viernes de estreno. Avatar.
 El parto era inminente. 41 semanas más 3. Dani seguía acurrucado, 
seguro en su fusión con la madre y estaba bien donde estaba. 
¿Y yo? Imaginaba un futuro con escaso ocio y quise darme el capricho 
de ver esa esperadísima película de acción y fantasía, muy de machotes. 
Simbólico.
Hoy lo veo diferente. En vísperas del suceso más trascendental de mi vida 
mi mente deseaba estar en otro lugar y no “perderse” una peli. No perderse. 
Me lo perdí todo. Horas después Daniel avisaba. Pronto hijo, pronto nos veremos. 
Nos preparamos. Hacía mucho frío. Previsión de nieves. Fuimos al hospital.
 Desde aquí todo es borroso.
Llegamos. Un box. A monitores. Solo ella, yo y el bebé. Risas e ilusión. 
Qué cerca estamos de abrazarnos los tres. Caricias a solas, miradas, ternura, 
esperanza de que todo vaya bien. Estamos muy emocionados. 
Nos dicen que va para largo pero no queremos volver a casa. Pedimos habitación. 
Nos la dan. Avisamos a la familia. Llegan. Empieza el circo y somos el centro, 
el plato estrella, brotando los guiones que cada miembro ha representado desde siempre.
Unos espolvorean sus miedos. Otros los aplacan. 
Hay amor pero nos entregamos a la distracción. Qué absurdo me parece ahora.
 Qué desenfocado. Esther se duele. La familia responde con lo que puede o sabe, 
que no es demasiado. Hablamos, bromeamos, camuflamos el dolor de ella 
con charla banal y absurda. Sacamos a la mamífera de su sentir 
porque somos incapaces de procesar lo que siente ella
 y menos aun lo que activa en todo el resto de los presentes 
y la evasión es una herramienta interiorizada que manejamos a la perfección. 
Todo es tan bienintencionado pero tan errado.
Contracciones. Dolores. Cada vez más. ¿Cómo se acompaña esto?
 Decido ser fuerte y eso en un mundo de varones significa anestesiarse, 
disociarse, es decir, no sentir emociones. 
Activación del circuito hormonal de la adrenalina, 
el diseñado para responder a la depredación. Formato macho. 
Y así mutilo la activación natural de la oxitocina. No quiero. ¿Qué hago? 
Que alguien me lo diga por favor. Ella está sufriendo. 
¿Adrenalina u oxitocina? ¿Pero qué hago?
La mamífera que necesita gritar y aullar se contrae 
cuando rompe aguas en el baño. Son marrones. Teñidas. Mal asunto. 
La matrona dice “ya no te puedo dejar parir sola”. 
Oxitocina artificial, en la habitación. Toda la familia alrededor de la cama. 
Muecas de dolor. La miramos. Le cojo la mano.
 Me molesta la presencia de tanta gente, pero callo. 
El dolor es tan fuerte que la bajan al paritorio para poner la epidural. Sola.
Al poco me dejan acompañarla. Tiene frío y tiembla.
 Luz azul, máquinas e instrumental. Aquello parece un laboratorio. 
Le duele aún. El anestesista hace comentarios como de reproche, como que no puede ser. 
Un segunde chute le provoca temblores. 
A este hombre da la impresión de que esta mujer le parece tonta o quejica.
 Me cabrea. Nos inhibimos. Dani quiere nacer pero parece que le cuesta.
La ginecóloga no llega. Es noche de jaleo. Se oyen gritos en otros paritorios.
 Los sanitarios están desbordados, simulan sonrisas pero reflejan tensión,
 mucha tensión. ¿Dónde están las caricias? ¿Y la ternura? No siento confianza en nadie.
Quiero ayudar, sin tener idea de lo que significaba nada de lo que sucede en ese paritorio.
 Me entrego a mi miedo, a mi ignorancia, a la angustia de no saber
 y ser tarde para querer hacerlo. Allí, permeable al pensamiento del experto, 
me ofrecen un hacer,
 una contribución, un algo que aportar para abreviar todo. 
Me explican que aplicando fuerza con mi antebrazo en el fondo del útero 
ayudo a sacar a mi hijo. 
Era la maniobra de Kristeller
Sus riesgos para la salud del bebé y la madre son enormes 
y por eso está contraindicada en España y prohibida en el Reino Unido.
Así que allá voy. Mi cerebro venía instruido en ejercer el poder del músculo.
 Mi fuerza de hombre salvaría el momento. Eso lo entendía. 
Es lo que tiene nuestra programación de macho. 
Ejercitamos los músculos equivocados. Tiemblo solo de recordarlo.
Llegó la ginecóloga. Justo para la firma del procedimiento, con bisturí y fórceps. 
Así la abrieron y así llegó Daniel. Episiotomía. 
No tenía por qué haber nada de aquello pero nadie en aquel paritorio
 estaba al tanto de las últimas actualizaciones sobre partos. 
Si lo estaban, callaron.
De eso nos hemos informado y formado después. 
Sin ser cosa de brujas, sencillamente es lo que otros centros
 públicos y privados ya hacen poniendo en evidencia a una mayoría que se resiste,
 anclados en un narcisismo pedagógico que los retrata en su orgullo
 impidiéndoles agachar la cabeza y corregirse.
Se llevan a nuestro bebé. Incubadora. 
Nos persuaden de que tiene que descansar y que la madre también.  
Vuelta al circo familiar. Es de noche. Se van. 
Ella tan dolorida que apenas puede moverse.
El peor susto quedaba por llegar. 
La pediatra vino y ante la pregunta de una madre que no podía estar sin su bebé
 y necesitaba saber cuándo iba a ser posible el encuentro le respondió: 
“Si me estás preguntando si la vida de tu hijo corre peligro o no, 
es algo que no puedo contestarte, por eso está en observación”
Al instante y por las caras de estupefacción y pánico 
se percató de su insensibilidad. Pero no la dejan acercarse a su bebé. 
A mí sí. Corro al nido. Tal vez pueda hacerle fotos y un vídeo y enseñárselas a Esther. 
Es todo lo que nos dejan. 
Una foto como Ibuprofeno para una madre que
 no tiene a su bebé donde corresponde, pegado a su piel.
Cuando entro y le veo me pongo a llorar. Lloro y lloro y no se parar.
 Me quiebro. Yo nunca lloraba, no antes de aquello. Después no he dejado de hacerlo.
 Hice fotos y un pequeño vídeo. Corrí a Esther. 
La separación la angustió, la atormentó y la desquició. Literalmente. 
No supe manejar aquello. 
La noche más dura de nuestras vidas en el momento que debía ser el más feliz.
A las 06:00 la mamífera decide que no lo soporta más y quiere ver a su cría.
 A pesar del dolor de la episiotomía halló fuerzas y bajo el pretexto de cambiar
 el pañal de su bebé intentó sortear el protocolo hospitalario y su absurdo horario
 diseñado para encajar con el de los sanitarios. Nos rechazaron. 
A esperar hasta las 09:00. Rabiamos, cuánto rabiamos.
 Y a la hora prefijada la madre se angustió más al no saber cuál era su hijo. 
Por fin nos lo mostraron. Nos dieron un rato. Lloramos. 
Le pedí perdón a Daniel, entre lágrimas.
 “Perdóname hijo, perdóname… no he sabido hacerlo mejor”.
Como si fuese un reo nos informan de que la visita termina. Nueva espera. 
¿En serio? ¿Ha de ser así? ¿Quién ha diseñado todo esto? 
¿Cómo han sido instruidos estos obstetras y pediatras? 
Solo mentes disociadas y anestesiadas han podido construir protocolos
 tan claramente anti natura.
Luz de día. Mucho sol y nieve cuajada en la calle. 
Nos trajeron a Daniel. Precioso, único y maravilloso. Vivo. Sano. Dolido.
 Enfadado con el mundo y también con nosotros 
por no saber lo que realmente necesitaba. Cómo me duele.
Y ya está. Esto fue. Esto es el relato del primer parto de Esther
 y del nacimiento de Daniel. Medio recordado, medio reconstruido. 
Al hacerlo libero dolor. Sacarlo, narrarlo, compartirlo tiene un poder sanador
 y restaurador desbloqueando lo que el trauma negó, reprimió o proyectó.
Lo he visto tantas veces en los testimonios de las mujeres, 
de las madres que llevan mucho visibilizando sus heridas 
que no sé a qué esperamos los hombres para hacer lo mismo. 
¿Miedo a sentir? ¿Ese es el legado a nuestros hijos e hijas? 
¿Aún estamos en eso? ¿De verdad?
Por todo esto surgieron y surgen iniciativas como e
Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal,
 la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género o
 El Parto es Nuestro, para que no suceda más, a nosotros, a nadie, mujer u hombre. 
No es necesario pasar por ello, ninguno. Menos nuestros bebés. ¿No crees?

2 comentarios en “Relato de parto… diferente”

  1. Que relato tan desgarrador y cuanta empatía genera en mí.

    Como Javier, yo llegué al nacimiento de mi hija sin conocimientos suficientes, sin criterio propio y con la inseguridad de quien no sabe.
    Luego por el camino he aprendido mucho, si repitiese hoy, sería diferente.

    Pasé por una cesarea programada que salió maravillosamente bien, pero un trocito de mí aún no ha superado el duelo de no tener a mi pequeña conmigo en reanimación cuando mi estado físico lo permitía perfectamente. Fueron 2 horas sólo, pero que largas se hiceron…. A día de hoy, sólo me consuela que su padre pudo disfrutar de un piel con piel que de otra manera no hubiese sido posible.

    Como decía, por el camino después he aprendido y me he emporedado, gracias, entre otras muchos factores, a profesionales como tú, Teresa.
    Creo que nunca te lo había manifestado directamente, pero este relato me ha conmovido y removido y hoy siento la necesidad de dar las gracias.

    Tú seguramente no nos recuerdes a mi hija y a mí, pues por aquel entonces pasabas consulta en Velilla de San Antonio y eramos muchos (demasiados) los que atender cada día.

    Aún así, tuvistes la sensibilidad para entender y atender las necesidades de una madre angustiada por no poder/saber dar el pecho a su hija, que se sentía incapaz y sobrepasada por todo. Me diste un espacio en tu consulta a última hora casi a diario para, con toda la calma del mundo, ayudarme con tus conocimientos, pero sobre todo, transmitirme calma y empoderarme.

    Hay mensajes que te marcan en la vida y de tí aprendí dos cosas que me han servido infinitamente (y me sirven) para acompañar, defender y cuidar a mí hija en este viaje que estamos haciendo.

    Me dijiste que me fiase de mi instinto, que no haber sido madre no significaba no saber y que nadie conocía mejor a mi hija que yo. También me dijiste que los médicos no lo sabeis todo, pero que a la mayoría le cuesta admitirlo y decir "pues no sé muy bien que está pasando, vamos a ir viendo …." y ante la incomodidad de no saber, en lugar de admitirlo, esbozan teorías a menudo expresadas como certezas.

    Desde entonces han pasado 7 años y no te haces una idea de cuanto me ha servido este aprendizaje. En más de una ocasión aquello que me transmitiste con todo el amor y altruismo que te caracteriza me ha servido para escuchar a mi instinto. Para buscar más información y otros puntos de vista, cuando ante acciones planteadas por un médico, mi instinto me gritaba que eso no era lo correcto, no al menos para mi familia. Y con todos los datos en la mano, tomar una decisión.

    Por todo esto, hoy siento la necesidad de dar las gracias, de decirte que los profesionales como tú, como Javier, como tantos otros…. haceis de este mundo y de esta experiencia que es la maternidad un viaje más maravilloso y más fácil.

    GRACIAS!
    Nadia

  2. ¡¡Queridísima Nadia!! Gracias por tus palabras. Lo cierto es que suelo asociar mamás con bebés, así que si no recuerdo mal, ¿tú eres la mamá de Laia?
    Me alegra mucho lo que me cuentas, creo que mi misión en el mundo es precisamente empoderar a las madres y a las familias para mantener la salud… ¡a veces a pesar de los médicos! Como bien dices, muchas veces, ya sea por prisa, por orgullo, por miedo… nos cuesta aceptar que no sabemos algo, o explicar claramente las cosas… y así nos va. Gracias a ti, siempre, a todas y cada una de las madres que me habéis enseñado, y me seguís enseñando, que hay muchas maternidades, que siempre se pueden hacer las cosas de otra manera, y que las madres, las mujeres, somos fuertes, valientes, y tenemos muchas más capacidades de las que nos creemos. Un abrazo enorme para ti y para toda tu preciosa familia!!!

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