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Epigenética perinatal: La genética no es el destino

La semana pasada tuve el privilegio de disfrutar el precioso seminario de Epigenética
Perinatal, preparado por Araceli García, bióloga y divulgadora, a la que podéis
encontrar en Instagram como @pielconpiel_familia.

Araceli, además de una magnífica profesional, es una fantástica divulgadora, súper
didáctica y llena de recursos, así que, como no podía ser de otra manera, recomiendo
mucho éste seminario (realmente recomiendo mucho todo lo que venga de ella, su
cuenta en Instagram es ORO PURO, así, con mayúsculas).
Me emocionó especialmente la cita de Rachel Carson (también una de mis científicas
favoritas, si no sabéis quién es, ya le estáis preguntando a Google o a ChatGPT, porque
merece la pena conocer su trabajo): “Si yo tuviera influencia sobre el hada madrina,
aquella que se supone preside el nacimiento de todos los niños, le pediría que
concediera a cada niño de éste mundo, el don del sentido del asombro tan
indestructible que le durara toda la vida”

Me alegra decir que yo conservo dicho sentido del asombro, y que, con lo
aprendido en éste seminario, como decía otra de las participantes, “me ha estallado
la cabeza” y me he sentido en la necesidad de compartirlo en mi humilde blog.
Con su permiso y su supervisión, paso a compartir las conclusiones del seminario y mis
propias conclusiones a partir de las suyas:

El genoma no es un destino, es un sistema dinámico que interactúa con el entorno

La epigenética nos enseña que nuestro genoma es sensible al entorno. El número
de genes que tenemos  es muy parecido al de los chimpancés, los gusanos o
las moscas de la fruta.  Sería, por tanto, prudente olvidar el orgullo que nos
hace pensar que la especie humana es tan diferente de otros animales que pueblan la
Tierra.

El genoma y su interacción con el entorno, los genes que se activan o
desactivan, va a dar lugar a lo que somos y a lo que seremos. No estamos
“determinados” por la genética como no lo estamos por un destino escrito por los
dioses griegos.

El genoma es dinámico, responde al entorno y podemos
cambiarlo cuando modificamos la manera en la que hacemos las cosas,
nuestros hábitos, nuestra dieta, el ejercicio físico que practicamos…

Tener una predisposición genética es sólo eso, un aviso que nos ayuda a tomar mejores
decisiones para vivir de forma consciente y mejor,  para mantenernos sanos más
tiempo.

La placenta, el tipo de parto, el piel con piel, y la lactancia materna son auténticos
programadores biológicos.

La placenta es un órgano endocrino que procede principalmente del embrion,

y se enlaza con el útero, un órgano materno, para crear una maravilla que cuida del embrión,

y luego del feto, protegiéndole y comunicándole con la madre.

Poco sabemos de la placenta, pero lo poco que sabemos cada día me maravilla más.

Al evaluar el entorno y permitir o no, según los casos, el paso de las hormonas maternas,

de los productos que lleva la sangre de la madre, también construye nuestra genética.

La placenta recoge la información del entorno para traducir ese mensaje al feto y

permitir que éste adapte su genoma.

Con respecto al piel con piel o separación cero, ya hay suficiente evidencia científica
para decir que separar a un bebé de su madre es DAÑINO, antiético, y que debería
evitarse siempre que sea posible (que es prácticamente siempre).

El piel con piel es un regulador de la respiración, la frecuencia cardíaca,

la temperatura y el sistema nervioso, tanto del bebé como de la madre…

y también en los adultos.

Yo siempre digo que el piel con piel es útil de cero a cien y más.

Tocarse, acariciarse y abrazarse siempre es algo terapéutico cuando es consentido y deseado.

¿Y qué decir de la leche materna? Es una auténtica maravilla biológica. Un fluido vivo
que se adapta a la edad del bebé, a la frecuencia de las tomas e incluso al momento
del día, siguiendo nuestros ritmos circadianos. Cuando el bebé enferma, la
composición cambia para aportar defensas específicas gracias al intercambio
inmunológico madre–bebé.
Además, la leche contiene microARN: pequeñas moléculas que pueden modular la
expresión de ciertos genes del bebé mientras su sistema inmune y su metabolismo
maduran. La lactancia es, literalmente, un diálogo molecular entre madre y bebé. ¿No
es fascinante?

Las experiencias tempranas no se graban como determinismo, sino como
posibilidades prácticas de adaptación.

Una de las cosas que más me gustó del seminario fue lo didáctica que es Araceli,
poniendo mil ejemplos que ayudan a comprender conceptos biológicos bastante
complejos y que, de esta forma, así se hacen accesibles a todo el mundo.

Aunque es cierto que las experiencias tempranas pueden tanto favorecer la salud como la
enfermedad, yo siempre recuerdo una frase de Nils Bergman:. “Es cierto que la
Naturaleza tiene un plan A, pero igualmente cierto es que tiene planes B, C, D…”.
Es cierto que una cesárea altera la microbiota del bebé… y también es cierto que el piel
con piel inmediato hace que esa alteración sea menos peligrosa… Es cierto que la
separación temprana también puede alterar esa microbiota… y también que la
lactancia materna está diseñada para restaurarla… Es cierto que la lactancia artificial
puede alterar la microbiota… y también que una alimentación adecuada, el piel con
piel, y un contacto frecuente con la tierra y la naturaleza la reequilibran…
También es una frase de Nils, que yo hago mía: “Todo es reparable cuando se cuida
con amor”.

El entorno emocional y social, no sólo el biológico, deja HUELLAS VISIBLES.

Llevo muchos años trabajando como médica y también unos pocos como voluntaria en
el foro Mamá Importa, del Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal. Si algo tengo
claro es que no somos “cuerpo y mente”, somos un todo interrelacionado. Lo que
sentimos afecta al cuerpo y lo que nos pasa en el cuerpo afecta a nuestros
sentimientos… Hoy contamos con evidencia científica sólida que muestra cómo las
experiencias tempranas (el estrés materno, el apoyo recibido, la calidad del cuidado)
pueden asociarse a cambios biológicos medibles en hijas e hijos. Estudios en
epigenética y en salud perinatal han demostrado que un cuidado sensible y responsivo
se relaciona con patrones más saludables de regulación del estrés y del sistema
inmunitario, y que estas diferencias pueden tener impacto incluso en la salud
metabólica y cardiovascular a largo plazo.

Y ahora eso es evidencia científica, se puede medir.

Se puede medir el efecto del estrés en las madres en cambios biológicos en los
hijos e hijas. Se puede medir el efecto de un cuidado responsivo y amable en qué
genes se activan o desactivan, y se puede medir qué efecto tiene a largo plazo, incluso
en la predisposición a enfermedades cardiovasculares o a diabetes.

Por eso es tan importante cuidar a las madres. Porque al hacerlo no solo protegemos
su salud: también influimos en la de sus bebés y, potencialmente, en la de la siguiente
generación.

Quienes trabajamos acompañando maternidades tenemos una gran
responsabilidad: formarnos, actualizar la evidencia y revisar nuestras prácticas para
evitar intervenciones innecesarias que puedan generar daño, y para apoyar y reparar
cuando algo en el embarazo, el parto o el posparto no ha sido como se esperaba.

Mantener el asombro y el cuidado de esos momentos SAGRADOS que son embarazo, el parto y el
puerperio.

La epigenética es bidireccional, lo que cuidamos, también nos cuida.

Cuando las condiciones acompañan, el proceso sigue su curso natural. Y cuando no ha
sido posible hacerlo así, suele haber margen para reparar, acompañar y crear nuevas
experiencias que apoyen el bienestar de la madre y del bebé.

Cuando hacemos las cosas bien, cuando se sigue el plan A de la Naturaleza, todo fluye…

Y cuando no se ha seguido el plan A, recordemos que siempre, SIEMPRE,

hay posibilidad de reparación.

El legado epigenético puede incluir resiliencia, no sólo vulnerabilidad.

Cuando las madres viven situaciones adversas, los genes de sus bebés se programan
para adaptarse a esas circunstancias.

Es importante recordar que esas situaciones, a nivel biológico,

se pueden reparar en muchas ocasiones, y que,

según el modelo de transmisión epigenética de la resiliencia, también
pueden hacernos más fuertes, a nosotras y a nuestras criaturas.

Comprenderlo no para generar culpa, sino para potenciar el acompañamiento y la
prevención.

Y para mí, como madre y como profesional, ésta es la conclusión más clave del
seminario.

Las madres importan, biológica y socialmente, porque ellas construyen la

salud del futuro.

Como profesionales de la salud, nuestro principal trabajo es
acompañar, cuidar y proteger a las madres y sus criaturas.

Como sociedad, si queremos invertir realmente en salud, invirtamos en acompañar,

cuidar y proteger a las madres y a sus criaturas.

Literalmente nos va el futuro en ello.

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